El brillo de las pantallas rara vez cesaba en la vida de una persona del año 2065. Bañada por las tinturas azules de su celular, la esclerótica irritada de sus ojos comenzaba a arder como si tuviese una brasa metida. Por un momento, decidió pausar el video que estaba mirando y se recostó sobre el sillón de su living. Eran las cuatro de la mañana, y aún cuando debía madrugar, la vigilia no lo dejaba en paz. Dejó su teléfono sobre la estación de carga y se entregó al pensamiento. Trató de rememorar, pero las aguas del olvido ya habían empapado su memoria. Se esforzó por recordar la última vez que había visitado a su madre, ni siquiera cuando murió su abuela se había acercado a ella. Siempre había creído que eran relaciones innecesarias, hasta molestas, pero ahora pensaba diferente. Todo se sentía muy diferente durante la hora de carga semanal del celular. Resignado a no dormir, decidió caminar.

Un occiso hubiese estado más vivo que esa calle. El golpe de una húmeda ráfaga de aire caliente le recordó que el verano era omnipresente en la ciudad. Habitualmente, los aparatos aire acondicionado regían la temperatura interna de los edificios y las casas, pero afuera, el mundo seguía su camino de traslación. Claro que, con el uso de la aplicación Sonyc Teleport, se volvía mucho menos frecuente la necesidad de salir a la calle. Realmente, sólo un gusto personal podía hacer que una persona anduviese con sus propios pies; por eso daba igual que fuesen las cuatro y media de la madrugada o de la tarde, los caminos siempre estaban vacíos. Su abuela nunca habría aceptado tal calamidad: ya le había costado mucho trabajo perder la costumbre de salir a comprar cosas al centro y empezar a hacerlo vía internet. “A nadie le resulta fácil ver morir su propia época”, se dijo Walter.

Con la mente usurpada de pensamientos, caminó recto hasta el borde de la ciudad y miró hacia las afueras. El hedor a mugre y desechos humanos era notorio y no tardó en darse cuenta de dónde provenían. Varios metros más allá del límite de la zona urbana, medio tapado por pastizales altos, se extendía un amplio sector de casas viejas. Las que estaban mejor construidas, eran de un material ya completamente en desuso: el hormigón. Las que habían sido fabricadas en peores condiciones, eran de chapas antiquísimas, agujereadas por todas partes y podridas por el óxido. Walter sintió un movimiento brusco en su abdomen con esa visión; le hubiese gustado esconderse en el Sonyc TeleVisor de realidad virtual con el que trabajaba, donde podría modificar el paisaje a placer. Algo asqueado, siguió el camino que bordeaba la ciudad, el horrible espectáculo parecía extenderse hacia el infinito.

A pesar de su enorme gusto por caminar, nunca había visitado los barrios bajos. De ellos recordaba haber visto, alguna vez, a alguno de sus habitantes recorriendo la ciudad, cuando todavía el precio del peaje de entrada a la urbe era accesible. Un pequeño sendero parecía abrirse paso entre el mar de vegetación, con dirección a las miserables casas. Walter dudó. Todo le indicaba que lo mejor era volver, ya debían ser cerca de las cinco, y en una hora debía entrar a trabajar. Sin embargo, el antiguo espíritu de aventura inherente del humano lo impulsó a meterse entre los altísimos pastos. Desde abajo, notó que había muchos residuos metálicos corroídos por el óxido. El sendero era bastante estrecho y, por momentos, parecía perderse; temió quedar encerrado en ese laberinto de decadencia. Cuando ya se creía perdido, apareció, de súbito, un enorme muro con un pesado portón de hierro. Las cadenas que lo mantenían cerrado se habían roto por el paso del tiempo. Caminando de costado y achicando su estómago, logró entrar.

El tamaño del titán de mármol era colosal. La figura que representaba a un hombre antiguo, clavado contra una cruz, era el epicentro del lugar. Rodeando esa imagen, había numerosas piedras rectangulares. Walter recorrió los pasillos que estas formaban leyendo: “Eleonor Rivas: 1923-1966”, “Esther Mujica: 1962-2010”, “Claudio Ceballos: 1990-2000”. “Este era muy joven”, se dijo.

La melancolía se apoderó de él como hacía mucho no ocurría, durante años, había olvidado la existencia de los cementerios. Volvió a reposar su mente sobre el rostro de su madre; se estremeció. Algunos rasgos le resultaban dudosos, como si no fuesen realmente de ella. De su abuela ni siquiera pudo evocar bien el tono de piel. Se sentó en el césped crecido, descuidado. Sus ojos se posaron en las cien o más lápidas que emergían del suelo; “los muertos no pueden ofrecer compañía ninguna.”, pensó. “¿Cuántos de esos rostros permanecerán, aún, en los recuerdos de alguien?”, preguntó con voz cortada. No hubo respuesta.

Escondió su cabeza entre las rodillas, no había nadie allí, pero temió que lo viesen llorar.